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domingo, 31 de agosto de 2014

Atlantic City, no va más

 

“Llevo aquí 40 años, y este es el peor. En septiembre cierro y me voy a Florida. No hay nada que hacer. Aquí sólo hay casinos y una playa. La playa seguirá; los casinos… Ni yo me atrevo a adivinarlo”. La echadora de cartas Chanel Mitchell mata el tiempo con su iPad sentada en la puerta de su estudio esotérico del paseo marítimo de Atlantic City (Nueva Jersey). Esta cálida mañana de martes sólo un cliente ha requerido sus servicios. El suyo es uno de los muchos negocios que viven de los once hoteles casino de la ciudad. Pero el juego agoniza en Atlantic City.
Tres de los principales establecimientos echan el cierre en cuestión de días. El Showboat lo hará este domingo. El Revel, la joya del lugar, un espectacular edificio de cristal que costó 2.000 millones de dólares, lo hará el 2 de septiembre. El Trump Plaza tiene previsto suspender su actividad en un par de semanas. En total, más de 6.000 trabajadores a la calle —una cuarta parte de la fuerza laboral del juego en la ciudad—, que se suman a los del Atlantic Club, que pasó a mejor vida en enero. En los años 90 había 50.000 personas empleadas en los casinos. En la actualidad son la mitad, un retroceso tres veces superior al de cualquier otro sector del Estado.
El caso del Revel, el gran mamut del juego de la costa Este, es el más dramático. Impulsado por el Gobernador republicano Chris Christie para revitalizar la ciudad ante su imparable ocaso, fue inaugurado en 2012 tras una inversión descomunal. El gigantismo de su salones sólo es comparable con la desazón que produce verlos vacíos. En mayo se declaró en suspensión de pagos por segunda vez en su corta historia. Cada semana pierde dos millones de dólares. Su carísimo mantenimiento y la dura competencia de otro casino de lujo, el Borgata, lo hacen inviable. Nadie sabe qué hacer con el edificio. El alcalde, Don Guardian, cree que podría convertirse en una universidad.
Como si de un tsunami silencioso e invisible se tratara, casi todo en Atlantic City tiene aroma de fin de ciclo. Los comercios están casi vacíos, como las sillas frente a las tragaperras o las mesas de juego. En el paseo o boardwalk, apenas 20 chavales aguardan en la puerta del silencioso parque de atracciones, que abre solo por la tarde. Cerca, el Museo del Terror se apolilla bajo el calor y los empujadores indios de carritos para turistas charlan entre ellos sin clientes que cargar. “No hay gente. Y sin gente, esto se hunde”, comenta George, guardia de seguridad del Showboat, apostado junto al cartel que anuncia el cierre y recuerda a los clientes cómo retirar antes de hoy sus ganancias, ver reembolsadas las entradas para algún espectáculo o cambiarse a alguno de los otros tres hoteles que el grupo Caesars Entertainment tiene en la ciudad.

El casino Revel, que costó 2.000 millones de dólares, cerrará en septiembre. / v.j.
David G. Schwartz, director del Center for Gaming Research de la Universidad de Nevada Las Vegas, considera que los motivos de la depresión de Atlantic City son dos. Uno es ajeno: la saturación de un negocio que se ha convertido en fuente de recursos para casi todos los Estados, con casi 1.000 casinos comerciales y concesiones al pueblo indio en todo el país, además del juego online. “Hay demasiada oferta. No hay nuevos mercados y en el noreste el 50% de la población vive a menos de 25 millas de uno. El problema de Atlantic City no es único”, explica Richard McGowan, profesor de economía de la Universidad de Boston y experto en la industria del juego. “Si puedes apostar cerca de tu casa, para qué vas a conducir dos horas”, señala Schwartz.
El otro motivo es un pecado propio. Atlantic City ha sido incapaz de conformar una oferta de ocio que completara las ruletas. “La gran lección que nos ofrece Atlantic City es que no se puede depender sólo del juego si quieres atraer turistas. En Las Vegas, por ejemplo, sólo el 50% de sus ingresos procede del juego. El resto lo aportan los espectáculos, las tiendas y los restaurantes”, añade McGowan. “Atlantic City tiene que ofrecer algo más, porque ya hay más sitios para jugar en la región”, corrobora Schwartz a este periódico.
Ese algo más ahora no existe. El autobús que llevó a EL PAÍS a la ciudad desde Nueva York llevaba sólo 16 pasajeros. Y un repaso a la oferta musical actual de algunos hoteles no es precisamente estimulante: Swon Brothers, Little Antony and the Imperials, The Cat Pajamas Vocal Band, The Temptations Review (featuring Dennis Edwards) y un nostálgico musical de homenaje a los Beatles.
Los casinos se aprobaron en los años setenta en Atlantic City con la esperanza de animar sus alicaídos hoteles. El Resorts se inauguró en 1978 y fue el primer casino legal en la costa este. En aquel tiempo, el juego estaba en Nevada y en Atlantic City. Cada lugar siguió un camino distinto. Mientras Las Vegas diseñaba un inventario de ocio variado para jugadores y turistas, Atlantic City se dedicó al monocultivo de la ruleta y no reinvirtió el dinero en sus habitantes. “Pusimos todos los huevos en una sola cesta. El 80% de nuestros ingresos ha procedido de los casinos. Fue un despropósito”, lamenta el alcalde.
Desde 2006, los casinos de Atlantic City han visto reducidos sus ingresos un 50%, según los datos del Center for Gaming Research. Los ingresos totales de los casinos de Nueva Jersey fueron el año pasado de 2.900 millones de dólares (en 2006 fueron 5.200 millones), una cifra similar a la conseguida en 1989. Si se descuenta la inflación, la fecha se retrasa a 1981, cuando había nueve casinos en lugar de los 11 actuales. “Todavía tenemos seis o siete casinos que ganan dinero”, afirma John Palmieri, director ejecutivo de la New Jersey’s Casino Reinvestment Development Authority. “Había 12. ¿Podemos sostener nueve? ¿Nos quedaremos con seis o siete? Esta es la cuestión”.
Uno de cada tres vecinos de Atlantic City vive por debajo del nivel de pobreza, lo que triplica la tasa de Nueva Jersey. El desempleo, del 13%, dobla la media de todo Estados Unidos. El paisaje de la ciudad no engaña. Un par de manzanas más allá del paseo marítimo, lejos de los neones, la música y los turistas, proliferan los prestamistas, las tiendas de licores y otros negocios de medio pelo. La criminalidad, seis veces superior a la del resto del Estado, hace que muchos visitantes no se alejen del paseo o que no salgan de sus hoteles.

Interior del casino Showboat, que cerrará este domingo 31 de agosto. / Spencer Platt (AFP)
El precio que ha pagado la ciudad por su apuesta a todo o nada es muy elevado, y algunos no lo olvidan. “Negocios que existieron durante años fueron expulsados de la ciudad. Los responsables de este desastre deberían ser expuestos en público por su negligencia e incompetencia. No hicieron lo que había que hacer por esta ciudad y por los miles de empleados que han perdido su forma de vida por culpa de este insidioso negocio”, declaró en la prensa local Warren Massey, antiguo responsable de vivienda de la ciudad. Como consolarse es gratis, algunos citan las devastadoras tormentas Irene en 2011 y Sandy en 2012 como causa de la decadencia de la ciudad. Pero todos coinciden en que lo peor ha sido la falta de previsión ante el avance de los casinos en otros Estados del Noreste.
Es el caso de Maryland, que abrió el Maryland Live Casino en 2012, mientras que Massachusetts legalizo este tipo de negocios en 2011. En Pennsylvania, donde los casinos comenzaron a funcionar en 2006, el juego ha aportado a las arcas del Estado unos 8.000 millones en impuestos y creado miles de puestos de trabajo directos: 16.000 en 2013. También se han abierto casinos en Delaware y Connecticut. Asimismo, los ciudadanos del Estado de Nueva York aprobaron la creación de nuevas licencias para casinos además de las ya existentes explotadas por tribus indias (se calcula que en 2015 abrirán cuatro establecimientos). “El problema de Atlantic City es que nunca ha sido una capital del juego como tal, a la que llegar en avión, como Las Vegas. Ha sido una capital regional, y cuando otros Estados vecinos han abierto su casinos, ha sufrido más que ninguna otra”, comenta a EL PAÍS el profesor McGowan.
En el mismo periodo, los establecimientos de Nevada han mantenido sus ingresos o incluso los han aumentado. Ningún casino indio tiene la oferta de Las Vegas ni unos precios tan competitivos, sobre todo cuando la competencia global se acentúa. El enclave chino de Macao, capital del juego en Asia, está experimentado un crecimiento muy rápido. El profesor Schwartz calcula que el total de recaudación anual de todos los casinos en Estados Unidos ronda los 70.000 millones de dólares. Macao, con 35 casinos, roza ya los 50.000 millones. “Mientras los casinos pueden proporcionar otras formas de entretenimiento, sobrevivirán. Dudo que los casinos vayan a sufrir el destino de las tiendas de vídeo Blockbuster”, asegura McGowan.
Aunque la crisis de Atlantic City no sea trasladable a Nevada, lo cierto es que aparecen síntomas de fatiga en el negocio en diversos puntos del país. Los cierres y reducción de ingresos también han golpeado en Misisipí, Misuri y Iowa. Algunos Estados se están replanteando sus decisiones al respecto. En Massachusetts, los votantes decidirán en noviembre si se deroga una ley de 2011 que legalizó los casinos. Sin embargo, incluso los analistas más pesimistas dicen que algunos casinos de Nueva York pueden cosechar grandes ganancias, en particular los que están cerca de la ciudad y de sus 50 millones de turistas al año. “Los nuevos objetos brillantes nos atraen a todos", señaló en la prensa Geoff Freeman, director ejecutivo de la American Gaming Association. “La pregunta es qué sucede cuando el cartel de Gran Apertura se retira”.
El realizador francés Louis Malle retrató en 1980, en su película Atlantic City, a una ciudad que abría espacios en su suelo para albergar futuros casinos. Pese a tratarse del momento fundacional de un futuro enclave del juego, el filme mostraba ya un ambiente deprimente en el que malvivían dos personajes interpretados de forma magistral por Burt Lancaster y Susan Sarandon. “Deberías haber visto el Océano Atlántico en los viejos tiempos”, le comenta Lancaster, en el papel de un viejo mafioso retirado, a su compañero de reparto Robert Joy mientras caminan frente a la costa. Los viejos y buenos tiempos de Atlantic City.


I think the poverty of life now is what comes to me. (...) The substance gone out of everything.


Quentin Bell, V. Woolf - A Biography, p. 179.

The Birth of Korean Cool

In 1985, a 12-year-old Euny Hong moved with her family from suburban Chicago to Seoul, South Korea. Not just any place in Seoul, South Korea, but a neighborhood known as Apgujeong — the wealthiest, most exclusive cluster of addresses in the Gangnam district. The Hongs, in short, went “Gangnam Style” 27 years before it was a thing. And when it comes to South Korean history — as with meme superstardom — three decades is a long time.
Hong’s new book, “The Birth of Korean Cool: How One Nation Is Conquering the World Through Pop Culture,” loosely follows South Korea’s growth from the mid-60s, when the country’s per capita G.D.P. was less than Ghana’s, to now. Today, South Korea is the 15th-largest economy in the world. From Psy’s “Gangnam Style” video to the chips that Samsung furnishes for Apple’s iPhones, the book explores the confluence of factors that make for Korea’s pop-­cultural perfect storm.
Korea’s vitality lies in hallyu — a wave of cool so pervasive that President Obama name-checked it in a speech. Hong asserts that Korea’s rise is attributable to what the Harvard political scientist Joseph Nye calls “soft power”; the country wields influence not through military might but “by peddling a desirable image.” Korea’s government has earmarked a billion-dollar investment fund dedicated to fostering popular culture, and for Koreans raised abroad during the ’70s and early ’80s like Hong and myself, the notion that Seoul has become this fashionable is startling and deeply fascinating. After all, Korea was nicknamed the Hermit Kingdom by 19th-century Western explorers for its reluctance to play with others.
“Korean Cool” chronicles the author’s period of trying to fit in. She recalls toilets that don’t flush, corporal punishment and a Confucian catechism so entrenched that defying your parents results in agonizing shame. Just as Western kids feared the boogeyman, Korean children abroad lived under the constant threat of being “sent back to Korea” for delinquent behavior like smoking cigarettes or getting a C. The chapter on academic pressure rightfully dovetails into harrowing statistics of suicide, “the most common cause of death for Koreans under the age of 40.”
Hong views all of this through the slightly skewed perspective of a tween navigating a new curriculum and a disorienting national identity. Much of the awkward self-consciousness is compounded by noonchi — the Korean art of accurately gauging the infinitesimal cues of any situation in order to avoid social blunders. Missteps betray your standing as a tourist in the motherland, which results in a great deal of scorn and attendant humiliation.
Rich in personal anecdotes and original reporting, much of the book warrants enthusiastic marginalia from Korean ­expatriates or inquisitive foreigners. The chapter on han, the very Korean rancor that stems from 400 invasions and Japan’s rule from 1910 to 1945, is a gem; it opens with a quotation from Ian Fleming’s James Bond classic “Goldfinger”: Koreans, Fleming wrote, “are the cruelest, most ruthless people in the world.” Some of us refer to it as “kimchi temper,” and an open discussion of its provenance is a particular thrill. Hong finds that “many Koreans ascribe Korean success to han,” even though others claim that han can kill you: There’s even a medically recognized disease called hwa-byong, which means “anger illness.”
The first third of Hong’s book reads like an owner’s manual of how to be Korean. To me, these are the best chapters. The analysis of Korean culture, as incisive and humorous as it is, becomes increasingly distant as the book wears on. Hong’s narrative begins like a memoir and devolves into Gladwellian social science — a solid airport contender and a sure thing on the lecture circuit, but other­wise a business-magazine feature that drags. That said, “The Birth of Korean Cool” is an excellent case study of calculated entrepreneurial moxie, and I can’t entirely knock the author’s hustle in vying for broader appeal.

THE BIRTH OF KOREAN COOL

How One Nation Is Conquering the World Through Pop Culture
By Euny Hong
267 pp. Picador. Paper, $16.
Mary H. K. Choi is the head writer of the news program “TakePart Live.” Her Kindle single, “Oh, Never Mind,” comes out this fall.

The Beatles - Baby's In Black (Original Stereo version)

Filme do Dia: Mikey and Nicky (1976), Elaine May


Mikey and Nicky (EUA, 1976). Direção e Rot. Original:  Elaine May. Fotografia: Victor J. Kemper. Música: John Strauss. Montagem: John Carter & Sheldon Kahn. Dir. de arte: Paul Sylbert. Com: John Cassavetes, Peter Falk, Carol Grace, Ned Beatty, Rose Arrick, Sanford Meisner, Joyce Van Patten, M. Emmet Walsh, William Hickey.

     Nicky (Cassavetes) é um pequeno vigarista que, após um assalto contra uma figura do alto escalão do submundo, Dave Resnick (Meisner) vê-se preso de uma verdadeira paranóia de que será morto. Pede ajuda ao amigo de infância Mikey (Falk). Depois de muito persuadi-lo, Nicky acredita que Mikey não o está traindo. Após tratar da úlcera do amigo que está pronta a estourar com leite, Mikey consegue levá-lo a um bar, onde tomam cerveja. Nicky, altamente excitado, resolve visitar sua mulher e filha, para se despedir delas antes de abandonar a cidade. A visita é adiada por uma idéia repentina de ir ao cinema que é abolida por outra, a de ir ao cemitério visitar o túmulo da mãe. No cemitério, enquanto Mikey tentar lembrar o kaddish, Nicky tem um acesso de riso, já que não consegue saber como agir, e relembra fatos passados da vida de ambos, como a morte de um irmão de Mikey de leucemia. Quando Mikey liga para sua esposa mais uma vez, dizendo o local em que se encontram, Nicky volta a suspeitar dele, deixando-o aborrecido. A situação piora quando Mikey apresenta uma amiga a Nicky e essa escolhe-o, não querendo nada com Mikey. Um conflito se esboça, resultando nos habituais excessos de Nicky que, levado pelo seu instinto impulsivo, quebra o relógio que era o único que o pai de Mikey havia deixado para ele. Sinceramente enfurecido, Mikey se afasta de Nicky e encontra Kinney (Beatty), a quem está  mancomunado para o assassinato do amigo. Mente para Kinney ao cruzar, em certo momento, com o amigo pelas ruas. Este, desesperado, procura ajuda com a esposa  Jan (Van Patten) e voltando ao apartamento da amiga de Mikey. Já manhã cedo, Mikey volta prá sua casa e conta pela primeira vez para a esposa sobre o irmão morto quando criança. Nicky surge e bate a porta da casa. Annie (Arrick), a esposa de Mikey, afirma que ele não se encontra e que não pode deixá-lo entrar. Nicky tem um acesso, procurando arrombar a porta, mas é  morto por Kinney.

É difícil crer que a colaboração de Cassavetes não tenha ido além da interpretação, já que o filme parece se aproximar mais de seu estilo do que muitos de seus próprios filmes. Como todos os protagonistas dos filmes mais autorais do cineasta – principalmente os que ele próprio interpretou – Nicky apresenta uma extrema impossibilidade de lidar com os outros e permanecer fiel a si mesmo. O resultado é uma aparente negação de ver sentimentos no outro além do que imagem desse outro é percebida por ele próprio, como Mikey lhe joga na cara no episódio do relógio. E as semelhanças estão longe de parar por aí, se refletindo também na própria amizade entre homens compartilhada de devaneios e um tom grandemente misógino, com cenas também semelhantes de violência contra as mulheres (o que é de se espantar na direção de uma mulher, quando sabemos que a maioria das cineastas mulheres nos EUA são de um feminismo de visões pouco amplas). Da mesma forma aqui também se apresenta o impulso sentimental que toma  conta de qualquer motivação plenamente racional, seja na tortuosa rota improvisada por Nicky para a noite, no seu riso, entre histérico, desesperado e lúdico ou ainda na ambiguidade do amigo, que em alguns momentos desiste de colaborar para sua morte. Assim como sua presença se encontra do início ao final nos brilhantes diálogos, que expressam uma visão de mundo profundamente pessoal,  que  sabe que sua maior força provém de não se “contaminar” facilmente por qualquer modelo ou influência externa. Na própria construção formal, com seu ritmo peculiar que, por vezes, prolonga situações que normalmente seriam bem menos extensas, numa relação que se assemelha não só em termos de construção de tempo como também de espaço. Na presença de um dos atores privilegiados de sua trupe, Peter Falk, e também na fotografia. As por vezes patéticas tentativas de auto-expressão dos sentimentos dos dois protagonistas são o que há de mais pungente no filme, dado a crueza terna e, ao mesmo tempo, amarga com que são proferidos. A influência de Cassavetes no filme vai muito além a de uma outra situação semelhante, de um grande cineasta  como intérprete, como a de Orson Welles em O 3º Homem (1947), de Carol Reed. Paramount Pictures. 119 minutos.

sábado, 30 de agosto de 2014

The Who - Behind Blue Eyes (Original Version)

Rockefeller e a família eram vistos por estes religiosos [fundamentalistas batistas] como verdadeiros inimigos, acusados de serem "modernos", de racionalizar e estandardizar a religião, da mesma maneira como tinham feito com a indústria de petróleo. A ira deles aumentou quando Junior construiu a Riverside Church, uma igreja ecumênica, até hoje ponto de referência de Nova York. Não era difícil para alguns fanáticos identificar na postura dos Rockefeller atitudes ligadas a um complô comunista internacional que visava destruir a vida e a religião nos Estados Unidos.

O Amigo Americano - Nelson Rockefeller no Brasil, Antonio Pedro Tota, p.44.

Frank Sinatra - How About You 1942 Tommy Dorsey & His Orchestra

Filme do Dia: La Vita Semplice (1946), Francesco De Robertis


La Vita Semplice (Itália, 1946). Direção: Francesco De Robertis. Rot. Original: Francesco De Robertis & Giovanni Passante Spaccapietre sob argumento de De Robertis. Fotografia: Bruno Barcarol.  Música: Ennio Porrino. Montagem: Francesco De Robertis.  Dir. de arte: Ottavio Scotti.  Com: Luciano de Ambrosis, Giulio Stival, Anna Bianchi, Maurizio D’Ancora, Gino Cavalieri, Guido Zago, Egisto Olivieri, Mario Sailer.

Toto (D’Ancora) e Marco Bressan (Cavalieri) são dois fabricantes de gôndolas que tem sua oficina posta a risco, depois que o ganancioso industrial milanês Giulio Caldri (Stival), resolveu comprar o terreno. Como eles não cedem, mesmo aos valores tentadores ofertados por Giulio, esse pretende criar caso na justiça por conta da dupla ter acolhido um garoto órfão. Porém o que o industrial não contava é que sua filha, Migia (Bianchi), fosse se apaixonar pelo escultor, filho do fabricante de gôndolas.

Talvez o que mais chame atenção, nesse que foi um dos poucos filmes sobreviventes da cerca de duas dezenas filmados em Veneza durante a “República de Saló”, após a deposição de Mussolini e a dominação alemã sobre a Itália, bastante malquistos por sua indesejável proximidade ideológica com a resistência fascista, seja o quão adere à formulas românticas triviais e tampouco se aproxima de qualquer mensagem ideológica mais direta, ao contrário dos filmes realizados anteriormente por De Robertis (Uomini e Cieli, Uomini sul Fondo, Alfa Tau!). Assim como nos filmes anteriores de guerra, essa pretensa comédia de costumes possui uma montagem hiper-dinâmica, com a presença de vários planos que não duram mais que frações de segundo, porém aqui o efeito (não por acaso a montagem foi efetuada pelo próprio De Robertis) acaba soando apenas como um virtuosismo inócuo que pouco acrescenta ou diminui à banalidade de seu enredo. Seu populismo fácil em nada lembra a trilogia anterior dirigida pelo realizador, na qual em dois dos três filmes, havia experiências que construíam um universo dramático a partir de elementos documentais de forma ainda mais radical do que Rossellini, seu discípulo, o faria em La Nave Bianca. Scalera Film S.P.a. 90 minutos.

sexta-feira, 29 de agosto de 2014

A arte ocupa o meio entre o sensível puro e o pensamento puro.

Hegel, Cursos de  Estética.

Graham Nash shares life stories with Anthony DeCurtis/Meu Caro Diário, 29/09/13





Esperando pelo início do evento de Graham Nash. O “palco” montado para ele e seu apresentador (o escritor de fato do livro?) parece algo ridículo. Duas poltronas de couro em um estrado com tapete. Fica em um gigantesco depósito da livraria, parcamente ocupado por umas poucas caixas, provavelmente de livros. (não se encontra legível) Minha câmera. E provavelmente o fará na hora H. mas ao menos terei um (sic) autográfo dele. Ney não. Queria comprar outro livro, mas o cara do evento disse que ele só autografaria um por pessoa. Alguém está com um vinil do grupo aqui. Acabei de chegar do passeio por Roosevelt Island. Os meninos estão por aqui. Tárik ao menos. Comprei uma biografia de V. Woolf por 1 dólar. De Quentin Bell. Por ironia o último livro que comprei uma biografia dela traduzido para o português e editado pela Cosac & Naif, que deixei com Álvaro. Também estivemos hoje no topo do Rockfeller Center. Espero não ter pago duas vezes pelo evento, pois o cara da bilheteria me parece trucoso ao dizer que não se aceitava cartões do Brasil. Fuck!  Estivemos também no Crysller Building antes, mas soubemos no hall que não havia visitação. Esqueci minha câmara no lobby do Rockfeller e fiquei a lit bit worried most of the time I was at the top. O passeio para a ilha foi muito legal e gratuito – possível com o cartão do metrô. Um teleférico nos leva até a pequena ilha que, no entanto, não é tão desolada como meu guia me fazia crer ao afirmar que só havia um supermercado e uma igreja, o que havia levado ao pé da letra.

Joni Mitchell Interview

Meu Caro Diário, 24/06/2005



– acordei hoje profundamente angustiado. Nem tive coragem de ir para aula do Morettin. Eram 8h10 e se tivesse me apressado chegaria não mais que um pouco atrasado como sempre. Mas disse pra mim mesmo: “foda-se”. Uma sensação de vazio que me acompanha (...) e luíza ainda acentuou mais a onda toda ligando para mim anteontem e se dizendo bastante chateada com a saída no domingo comigo e Inês, quando fôramos assistir a orquestra de Wynton Marsalis no Ibirapuera. De qualquer modo o que me deu vontade de fazer pela manhã foi uma pequenina resenha sobre os screen tests de Andy Warhol, que gostei muito, e vi ontem no MAM, no mesmo Ibirapuera. Após a onda de euforia que veio com o comentário de Juju que havia começado a ler meu texto de tese, que havia lido oito páginas e gostado veio essa onda depressiva. Infelizmente tive que pedir para ela parar de ler e enviei ontem o material como se encontra hoje pelo correio – acabou não sendo nada barato. Acho que tudo contribui para esse meu mal-estar: o fato da grana estar acabando e no ritmo que está indo se não encontrar emprego acabará antes de eu chegar em fortaleza; o telefonema de Luíza; lia ontem no telefone dizendo que achava que minha voz estava triste, o que apenas piora quando vc já está meio down; o sonho que tive hoje de madrugada que mamãe morria, o que pode ser sintomático de quão edipiana é minha relação com Luíza; o fato de ter telefonado duas vezes ontem para a dita cuja e ninguém atender; o fato de me encontrar louco por sexo (...) como fuga; de não estar estudando para o concurso; a manhã mortiça e sem sol, etc.